Reflexión para la Primera Semana de Adviento

Silencio

Por P. Greg Shaffer, Parroquia de la Asunción, Washington DC.

Sabemos que el mundo en el que vivimos es ruidoso y a veces pareciera que el silencio nos molesta. Pero la mayor parte del ruido que escuchamos es buscado: la próxima vez que camines por las calles del centro de la ciudad observa cuántas personas pasean o trotan usando auriculares. El silencio en general nos asusta. Cualquiera de nosotros que alguna vez haya dirigido un grupo de discusión sabe que hay momentos de "incómodo silencio". Pero esto obviamente va más allá de la incomodidad social, y no se trata solo de emociones o sentimientos. La verdad es que el silencio nos sitúa cara a cara con la realidad. Mucha gente evita la realidad, especialmente la realidad de la Cruz en el sufrimiento. Después de 14 años como sacerdote, me he convencido de que muchas personas abandonan la Iglesia o han dejado de practicar su fe porque no quieren lidiar con la realidad de que la Iglesia representa la Cruz.

A veces, sin embargo, después de un tiempo de soportar un período de inevitable perturbación —como una ruidosa temporada electoral o todos los demás trastornos de este año— el silencio llega a parecernos un poco menos intimidante... Esperemos que, al iniciar este tiempo de Adviento de 2020, el silencio sea algo que todos podamos acoger con alegría.

Siempre recuerdo que, en mi primera asignación parroquial, una señora pedía "unos treinta segundos de silencio" después del himno de la Santa Comunión. Decía que estar en silencio era fuente de calma, paz y renovación. ¡Y tenía tanta razón! Además, algo que es más importante que eso: cuando permanecemos en silencio en la presencia del Señor, escuchamos la voz de Dios. Elías la escuchó no en un terremoto, ni en el fuego ni en el viento, sino en “el susurro de una brisa suave" (1 Reyes 19). Del mismo modo como Dios hace crecer las cosas de la naturaleza en el silencio, a nosotros nos habla en el silencio. Ninguno de los artefactos usados para abstraerse de la realidad y que inundan de ruidos la mente y el corazón es capaz de competir con el Señor. Tal vez nos causan placer, pero no nos infunden la paz que proviene de escuchar la voz del Señor. Su voz es el mejor consuelo que hay para afrontar la realidad.